sábado, 7 de septiembre de 2013

Capítulo 6


Llevábamos todo el día caminando por los callejones de esa zona perdida de Londres, y los ojos se me caían del sueño.
Louis había comprado unas hamburguesas para no morir de hambre, pero las fuerzas ya se me habían agotado.
-¿Estás cansada?-clavó sus preciosos ojos en mí, mientras me rodeaba con sus brazos la cintura y pasaba mi brazo por sus hombros.

-La verdad... sí, pero no hace falta... no hace falta que me cojas.

-¿Te molesta?

-No... pero te vas a cansar.

-Pero si ni siquiera estás en mis brazos, pequeña.

No pude evitar reír y sonreírle, agradecida.

Entrecerré los ojos, y me dejé llevar por los sentimientos. Louis estaba cálido, y era realmente reconfortante tenerlo ahí. No sabía por qué, pero a pesar de casi no conocerle me agradaba y me daba seguridad. La luz de las farolas se derramaba sobre nosotros, haciendo que nuestra marcha pesada y lenta resultase casi siniestra en la noche. Pensé en cómo había aparecido en la plaza así sin más y se había interesado por mi collar. Todavía no sabía por qué le había dicho que me gustaba estar con él, pero fue algo que me salió de dentro. Había espantado a aquellas palomas como un niño pequeño, y estaba claro que no le importaba que pensaran.

«Yo nunca fui así. Siempre pienso en qué cree la gente de mí, y si soy ridícula, aunque no quiera ser así».

Y sin embargo, lo hice; salí tras él y los pájaros, a imitarle, a quedar en ridículo, sin que me importara. Tal vez sea eso por lo que me gusta estar con él. Porque le sentía un poco como algo complementario a mí. Además, era muy agradable, servicial y divertido. Y guapo también. Esos ojos no los tenía cualquiera.

Me palpé el cuello entonces, esperando encontrar la forma del colgante de la paloma... y solo toqué piel. Mi piel, fría por la noche, y bajo la piel el pulso de mi corazón. Aparté la mano; no me gustaba sentir mi pulso. Me producía la terrible angustia de notar que era frágil, que el corazón podía pararse... y me hacía pensar en sangre, cosa que me producía malestar si pensaba en ella. De pronto sentí también inseguridad... sin saber por qué. La anciana del aeropuerto fue rara, sí, pero me dijo que el colgante me daría suerte, y hasta ahora todo ha ido genial. Cuando he estado nerviosa, lo he apretado en mis dedos, y me ha ayudado. Me sentí vacía, y seguí palpándome el cuello, buscando la cuerda que lo sujetaba.

Louis se paró en seco, y por consecuencia yo también.

-¿Pasa algo?-su voz sonaba suave y preocupada.

-El colgante... no está- me di cuenta de lo ridículo que sonaba eso al instante; algo así no podía producirme tanto agobio como indicaba mi tono, pero me salió así.

-¿El de la paloma?

Asentí.

-Se debió caer, al espantar a las palomas.

-¿Te gustaba mucho?

-Bueno- carraspeé, para aclararme la garganta-, sonará estúpido, pero me producía algo de seguridad. Y no dejaba de ser un regalo, y cuando pierdo un regalo me siento siempre fatal.

-No suena ridículo. Tal vez se convirtió en una especie de amuleto para ti. No sé... por el cambio de venir aquí, tal vez.

Seguro que lo decía para no dejarme mal, pensé. Pero me hizo mirarle a los ojos, y vi que estaba serio, el iris azulado brillando bajo la luz eléctrica. No pude evitar preguntarme por qué me tomaba tan en serio, incluso en algo tan tonto como esto.

-¿Quieres ir a buscarlo?-me preguntó, sacándome de mi ensimismamiento y disminuyendo la intensidad de la mirada. Bajé la cabeza hacia el suelo; las baldosas eran circulares, y algunas ya estaban deformadas por las rajas.

-No, qué va. Es una tontería, además, no sabemos cómo volver.

-En eso tienes razón. NI idea de cómo volver.

Esbocé una sonrisilla cansada, y seguimos caminando.

Al cabo de un rato comencé a sentir las piernas entumecidas; de esa forma que te duele en los músculos y que se expande como una oleada de sueño por el resto de cuerpo. Sentí que me fallaban un poco, y me apoyé inconscientemente en Louis. Me aparté en seguida; no quería cargarlo con mi peso, pero él me atrajo hacia sí y me hizo apoyarme, sujetándome mejor.

-Louis no... déjame, no hace falta.

-Estás cansada-replicó él, con voz moderada.

Suspiré, y agité el brazo libre, que empezaba a cosquillearme.

-Y tú también.

-No tanto como tú, enana. Te estás cayendo, y lo sabes. Quiero llevarte. Además, esto es mi culpa. Por lo de espantar palomas.

Supe que era testarudo, y que no conseguiría hacerle cambiar de opinión. Miré, básicamente para no dormirme de pie, las fachadas de los edificios que había a nuestro lado. Un local inmobiliario, un restaurante de comida rápida, una tienda de ropa interior... Todo cerrado. La ciudad resultaba vacía y austera por la noche, con todo desierto, pero también daba una sensación de tranquilidad. Y la luz eléctrica calentaba un poco el ambiente, dando color. La brisa hizo que el pelo se me fuera a los ojos, y me pareció de color dorado cobrizo. Como si estuviese hecho de miles de hilos de metal.

-Louis.

-¿Sí?

-Me gustó. Espantar palomas contigo. Fue como volver a la infancia, no tener preocupaciones.

Él sonrió de aquella manera que pensé que acabaría por amar. Parecía una sonrisa de un niño en la cara de un joven. Sonreí también.

-Me gusta ser un niño.

-Y te gustan las palomas. Aunque quieras espantar a los pobres bichos.

-Me gustan las palomas-afirmó, en una carcajada.

El resto del camino lo pasé luchando con todas mis fuerzas contra el sueño, que se apoderaba de mí rápida y molestamente. Odio cuando el sueño te está matando y no puedes irte a tu cama y dormir en paz.

-¡Eh!- exclamó de pronto Louis, sacándome de mi estado brumoso-. Yo este sitio lo conozco. MI casa está al lado.

Quise responder con algo, aliviada como me sentía, pero las palabras no salieron de mi boca, cuyos músculos estaban de huelga ya.

Sentí como entrábamos en un portal y oí una puerta cerrarse. Entramos en un ascensor que olía algo mal, y oí algo que sonó como:

-La peste de este ascensor es de nacimiento.

Louis abrió la puerta de un piso, y el calor de dentro me alivió el cuerpo entumecido. No vi bien lo que había, pero parecía bastante espacioso. Sentí cómo me colocaba sobre algo blando- un sofá seguramente- y me tumbé casi de forma automática, sin pensar dónde estaba.

Me taparon con una manta y me descalzaron con suavidad. Luego vi a Louis mirándome.

-¿No quieres dormir en mi cama? Puedo dormir yo aquí.

-No- dije, con voz cansada y débil-. No, en serio, no.

No tuve fuerzas para decir más, y cerré los ojos y me dormí.

«¿Te vienes a espantar palomas?» oí el recuerdo en un rincón de mi mente, y me sumí en un sueño de libertad y diversión infantil, donde también vi a Louis.




Me desperté cuando la luz hería ya mis ojos a través de los párpados, y me removí en las sábanas, mientras abría lentamente los ojos. Parpadeé cuando me di cuenta de que ya no estaba en un sofá... si no en una cama de sábanas blancas y manta suave de un tono azul claro. Mi pelo se derramaba sobre una almohada mullida. Me froté los ojos y me giré...

Louis estaba al otro lado, a escasos centímetros de mí. Miraba al techo y tenía las manos cruzadas sobre el pecho.

Un calor recorrió mis mejillas, ¿qué hacía en la misma cama?

En ese momento pareció notar que le miraba, y se puso de costado, sonriendo.

-¿Louis, qué...?




*Narra Lucía*

-No ha llegado- dije, con voz temblorosa, cuando Harry entró por la puerta de la casa en la residencia.

Él no dijo nada, sólo se me acercó y me abrazó. En otro momento el gesto me habría reconfortado, pero no con mi amiga perdida desde el día anterior. Noelia salió de la cocina, con la camisa larga que usaba a modo de pijama todavía puesta, y una taza humeante en la mano.

-Lucía... Ah, hola Harry- al verle, hizo un gesto con la mano, y luego se volvió hacia mí de nuevo-.¿Quieres desayunar?

-No tengo mucha hambre- era verdad.

-¿Saben algo de Blanca?- Nerea bajó corriendo las escaleras, con Camila pisándole los talones. Nerea seguía en pijama, Camila llevaba una falda marrón corta y un jersey fino de algodón blanco. En el pelo llevaba una cinta blanca que contrastaba con su tono de cabello.

-Nada-suspiré, y noté como sus expresiones cambiaban rápidamente. Camila se sentó en el sofá a mi lado, y se tiró de sus mechones marrones, nerviosa y mordiéndose el labio.

-Hay que hacer algo...

-Lo sabemos, pero, ¿qué?- repuse yo, mirando a Harry de soslayo, que estaba de pie junto al sofá.

-Voy a llamar al resto de mis amigos, y veremos todos juntos qué hacer- Harry sacó hábilmente su móvil del bolsillo, y se puso a cacharrear con la pantalla táctil. Pulsó algo, y se lo puso a la oreja, a la vez que nos hacía un gesto y se iba a otro cuarto.

-Ah, me siento culpable- suspiré, entrelazando mis manos nerviosamente.

-Venga ya, Lucía. Si no podía pasar nada; no es una niña pequeña- bufó Noe, tomando un sorbo de su taza.

-Pero ha pasado- repliqué.

-¿Por qué estás tan mal por esto? Tendría más sentido que lo estuvieran Camila y Nerea- comentó entonces.

-Hablé con ella en el avión. Me cayó verdaderamente bien. Mejor de lo que creía.

-¡Camila!- Nerea la miraba, alarmada, y vi que tenía algo rojo en el labio-. No te muerdas el labio así.

Lo rojo era un hilillo de sangre, que se deslizaba por la piel.

Nerea se levantó, y volvió en seguida con un rollo de papel, que tendió a Camila, indicándole que se limpiase el labio sangrante.

-Qué burra eres-le espetó, con una carcajada seca.

-¿Quien es burra?- Harry guardaba el móvil en el pantalón, y se acercó a nosotras.

-Ésta- Nerea señaló con un dedo a Camila, que se encogió de hombros-. Se ha hecho un herida en el labio.

-Ya... Pues los chicos vienen para acá. Y en cuanto a Louis... sigue sin contestar.

-¿Cuánto tardarán?- pregunté, ansiosa.

-Unos veinte minutos.

Me froté los ojos, en un gesto que casi me hizo daño, y comencé a recorrer la superficie del sofá con los dedos, con el tal de distraerme.

Noelia nos preparó un desayuno sobre la mesita baja de la sala, y comimos en silencio; no había ganas para hablar de nada.

El timbre sonó, y Noelia se levantó para abrir. Entraron Niall, Zayn y Liam, los chicos de la otra noche.

Nos saludaron, serios, y se quedaron en la puerta. Resoplando, les dije que pasaran más adentro.

-¿Y bien? ¿Tenéis idea de dónde podría haber ido?- preguntó Niall.

-O de dónde se la han llevado- apuntó Camila, con voz quebrada.

-No. Ni idea.

*Fin de la Narración*

Al ver mi expresión alarmada, Louis empezó a reírse sin parar. Me incorporé un poco, y le miré, con la nariz arrugada.

-Tranquila- alzó las manos, en un gesto divertido-. Te traje aquí cuando dormías. Y yo dormí en el sofá.

Suspiré, aliviada.

-Louis, ya te dije que no. Que podía dormir en el sofá.

-Venga ya, ¿qué clase de anfitrión le da el peor sitio al invitado?

-Louis...

-¿Quieres desayunar?- se estiró como un gato, levantándose.

Retiré mis mantas con cuidado, y vi, con alivio, que seguía con la ropa. Sólo me había quitado los zapatos.

«Qué cosas más raras piensas hoy, hija» me dije, a la vez que me levantaba a mi vez.

-Deberías cambiarte la camiseta. Parece una pasa de lo arrugada que está- comentó Louis, mirándome con ojo crítico.

-Pues no tengo ropa.

Pero él ya había abierto las puertas de su armario, y sacó una camiseta a rayas azules y blancas.

-Esto te servirá- me lanzó la prenda, y salió del cuarto, dejándome sola para poder vestirme.

Me quité mi camiseta, que, en efecto, estaba muy arrugada, y me puse la de él. Me quedaba algo grande, pero servía. Me la metí por los pantalones y me estiré. El pelo me caía enredado en los hombros; era algo que siempre había odiado de mi pelo: que por las mañanas parecía como si no lo hubiese cepillado en semanas.

Traté de desenredármelo con los dedos, dando tirones que estuvieron a punto de hacerme lanzar grititos.

Seguro que seguía fatal, pensé con desaliento. Salí al pasillo, pisando el parqué con los pies descalzos, y me encontré a Louis en el pasillo. Me pregunté qué pensaría de mi pelo mañanero.

-¿Puedo pasar al baño?- pregunté, antes de que comentara nada.

-Claro, esta puerta de aquí- la abrió, y entré. No era muy grande. Los azulejos eran azules, y el suelo también. Había un lavabo blanco y una ducha y un váter del mismo color. En la pared opuesta a la de la ducha había unas perchas de madera un mueble con toallas y demás-. Ah, y ahí hay un cepillo que usan a veces mis hermanas cuando vienen. Puedes usarlo también.

-Gracias- sonreí, agradecida al hecho de poder arreglarme un poco más, y cerré la puerta. Me lavé la cara y me desenredé el pelo. Cuando acabé ya estaba mucho mejor.

Louis estaba en la pequeña cocina adosada a la sala de estar, tostando pan y haciendo café. Lo supe por el olor del aire.

Cuando iba a preguntarle si le ayudaba, él me ofreció una bandeja con dos tostadas y una taza, además de algo de fruta cortada; melón y melocotón, y me indicó que me sentara en el sofá. Él se sentó a mi lado, y empezamos a comer.

Cuando iba por la segunda tostada, recordé que mis amigas y Harry no sabían nada de mí, y me puse tiesa, empezando a sentir remordimientos. Louis debió notarlo, porque me miró, interrogante.

-Louis, mis amigas estarán preocupadas... ayer desaparecimos, y no saben nada de nosotros.

Él rebuscó en su bolsillo. Llevaba unos pantalones azul marino ajustados y una camiseta a rayas como la mía.

-Me habrían... Oh, genial, el móvil ha desaparecido.

Tragué saliva. El mío se había quedado sin batería el día anterior, y no había manera de cargarlo. Estarían preocupadas de verdad.

-Se te habrá caído al correr, Louis. Tengo que ir a la residencia ya.

-De acuerdo, pero tardaremos un poco andando. Termínate el desayuno primero.

Me comí al tostada a toda prisa, y cinco minutos más tarde salíamos por la puerta principal. El sol brillaba trémulo bajo la fina capa de nubes, que anunciaba que por la tarde llovería. Caminamos en silencio y a paso ligero por las calles de Londres. Louis me guiaba, ya que yo no conocía la zona, y mucho menos tan bien como él.

Cuando vi los muros que rodeaban la zona residencial, me sentía ya sin aliento e intentaba ocultar mis jadeos. Me tocó guiar a mí por entre los edificios de los alumnos, hasta la casa que compartía con Noelia, Lucía, Nerea y Camila. Suspiré y me dispuse a llamar al timbre...

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