Cerré la enorme maleta, y sonreí. Volvía a Inglaterra, pero
esta vez a Londres, a la academia superior de Jeremy´s College. Era una
institución nueva, pero con mucha fama y prestigiosa. Y yo había conseguido becas
para entrar en ella. Me matricularía en música.
Pero no iba sola; mis amigas Nerea y Camila también entraban.
Llevaba ya unos años viviendo en un pueblo de Inglaterra
cerca de Holmes Chapel, pero no había ido mucho a Londres, y la idea de vivir
allí me gustaba mucho. La academia tenía una zona de viviendas de los alumnos;
yo viviría allí, seguramente con mis amigas.
Revisé rápidamente mi bolso de mano, y asentí; tenía todo. Luego
fui al salón, para despedirme de mis padres, que estaban viendo la tele. Se
volvieron hacia mí, y creí ver lágrimas en los ojos de mi madre. Sacudí la
cabeza, sinceramente, no creía que les fuera a echar mucho de menos. Aun así,
les abracé.
-Recuerda llamarnos de vez en cuando-me dijo mi madre. Puse
los ojos en blanco.
-Y ten cuidado con todo-añadió mi padre.
-Que si... Ya no tengo cinco años, ¿sabéis?
-Pero eres joven...
-Bueno, me tengo que ir ya-replico, bruscamente-. ¡Aisha!
¡Ven aquí! ¡Aisha!
Mi perrita apareció por la puerta del cuarto de mis padres, levantando
graciosamente las patas. Luego se tumbó, y se quedó mirándome.
Cogí el transportín donde iba mi gato, Kevin, y salí de
casa.
Un taxi esperaba ante la puerta de la casa donde pasaba las vacaciones,
en Madrid.
Dejé las maletas en el maletero, y subí al coche.
-A Barajas-le dije al conductor.
Durante el camino pensaba en que si mis muebles y trastos
habrían llegado ya a Londres; los habíamos enviado antes con un servicio de
mudanzas.
El viaje hasta barajas se me hizo corto, porque tenía la
mente puesta en lo que haría en Londres, en qué sitios tenía que visitar, y qué
comida probar. Había tantas cosas que quería hacer... También me imaginaba de
mil maneras la residencia de estudiantes... Esperaba que tuviera una casa y no
un piso, pero no me hacía muchas ilusiones.
El taxi llegó a la terminal cuatro, de donde salía mi vuelo.
Miré mi reloj; eran las cuatro de la tarde, y mi vuelo salí a las seis y media.
Mis padres habían insistido en que viniera mucho antes al aeropuerto, y ahora
tenía tiempo de sobra. Dejé mis maletas en unas taquillas, y me fui a dar una
vuelta por Barajas. Los aeropuertos parecen centros comerciales, por lo menos
los grandes; hay tiendas y bares por doquier. Noté que tenía hambre, y entré en
un Rodilla. Me senté en una mesa apartada, y pedí un batido de frutas y un sándwich
mixto. Me gusta el sabor del sándwich mixto, aunque sea tan básico.
No tardé mucho en comer, pagué y salí. Me pasé los cuarenta
minutos siguientes mirando escaparates. Además, compré una colonia pequeña de coco, y un jabón de pastilla de
chocolate. Sabía que no podía llevar mucho líquido al avión; no antes de pasar
los controles. Finalmente, me decidí a ir ya a la zona de control.
Me dejaron pasar de milagro con la colonia, que rozaba el
límite de mililitros permitidos. Tras el control había más tiendas y
restaurantes. Como no tenía nada mejor que hacer, decidí seguir ojeando. Vi una
curiosa tiendecita decidí entrar. Allí
todo era de palomas: peluches, llaveros, inciensos con forma de paloma,
relojes, diarios, caramelos, cucharas, platos...
<<Qué raro>> pensé, divertida.
Vi algo que me gustó: era un divertido muñequito en forma de
paloma, muy mono. Lo cogí, y le pregunté a la vendedora, una anciana pequeña y
encorvada, cuánto costaba. Pagué los cinco euros y me dirigí a la salida,
cuando la anciana me retuvo.
-Mira, mira esto hija...
Me volví, y me acerqué a ella. Tenía un collar en las manos.
También tenía forma de paloma, una paloma alzando el vuelo, pero era de un
curioso color plata que cambiaba según cómo le daba la luz. Tenía algo que me
atraía...
-¿Si?
-Es un amuleto. Las palomas traen buena suerte...
Parpadeé, confusa, era la primera vez que alguien me decía
que las palomas traen buena suerte.
-La gente las considera sucias y con enfermedades, porque
viven en la ciudad, pero las palomas, como eran antes, salvajes y libres, son
muy bonitas, y traen buena suerte.
-¿A sí?-dije yo, interesada. La forma en la que hablaba la
mujer me cautivaba.
-Tú vas a necesitar suerte, si vas a un país extraño a
estudiar...
-Espere, ¿cómo sabe que voy a estudiar a otro país? Y no es
un país extraño...
-Bueno, bueno pero empiezas algo nuevo, lo veo en tus
ojos...
Me llevé las manos a los ojos, tontamente.
-Y ¿cuánto cuesta?-mi boca habló por sí sola.
-Oh, no te costará nada, chiquilla. Te lo regalo, con la
condición de que siempre lo lleves puesto-sonríe ella, poniéndome el collar en
el cuello.
-Eh... gracias... ¿seguro que no quiere que pague?
-No, no hay ningún problema...
Entonces Kevin maulló desde el transportín, y la anciana
clavó sus ojos en mí, parecía enfadada de pronto.
-¿Es eso... un gato?-en su voz había un tono amenazador, y
retrocedí-¿Cómo traes un monstruo como ese a mi tienda? Es un desprecio hacia
las bellas palomas... Vete, vete antes de que ese monstruo maldiga todo.
Había alzado la voz, y me asusté. Salí rápido de esa tienda,
y me alejé tan rápido como pude. Me extrañaba esa anciana... primero me regala
un bonito collar para que tengo buena suerte... y luego me echa.
Miré de nuevo el collar, y sí que era bonito; parecía que la
paloma volaba cada vez más alto, alcanzando su meta sin caer. Sentí una cálida
emoción por dentro y seguí mi camino hacia las taquillas, con la mano todavía
cerrada sobre el collar...
Estaba sentada en mi asiento en el avión, esperando a que
despegáramos. Entonces llegó la ocupante de mi asiento contiguo. Era una chica
rubia y alta, que llevaba un colorido bolso y un sombrero de paja. Se sentó, sonriente,
y me pregunté si iría también a estudiar a Inglaterra, y que si casualmente
estaría en mi academia.
Parecía maja, y mis ganas de conocerla aumentaban a cada
momento, pero soy tímida para esas cosas, por lo que deseaba que ella empezara
a hablarme.
Cerré los ojos cundo el avión se puso en movimiento, y sentí
que mi miedo afloraba cuando despegó. Odio volar en avión, sobre todo odio el
despegue. Tengo la sensación de estar cayendo hacia abajo... Me aferré al
reposabrazos de mi asiento, pero me encontré con algo caliente, una mano.
Abrí los ojos un segundo, tiesa, y vi que era la mano de la
chica rubia.
-Perdona... lo siento.
Pero ella se rió, y me sonrió, amistosa.
-No pasa nada, yo también tengo miedo a los aviones, ¿sabes?
-Supongo que es lógico, dado que no somos pájaros por
naturaleza...
Las dos estallamos en carcajadas.
Hasta que el avión no se estabilizó, estuvimos calladas. Pero
cuando ya estaba a la máxima altura, ella me empezó a hablar, y yo, encantada,
saqué mi modo hablador, la verdad es que ella era muy amable, y divertida. Se llamaba Lucía.
-¿Y para qué vas a Inglaterra?-me preguntó.
-He conseguido plaza y becas en una academia. La academia superior
Jeremy´s College.
-¿Jeremy´s College? Sabes, yo también voy allí. Qué
casualidad.
Se me iluminó la cara con una sonrisa.
-Genial, nos veremos más a menudo entonces.
-¿Y, en qué te vas a matricular?
-En música, quiero ser cantante.
-Yo en periodismo.
-¿Quieres ser periodista no?
-Claro, y lo seré. Aunque también me encanta bailar, y estoy
empezando a tocar la guitarra.
-Yo toco la guitarra, si quieres puedo enseñarte algún día.
-¿En serio? Genial. ¿Eres interna?
-Sí-sonreí.
-Vaya yo también.
Seguimos hablando durante todo el camino, y me di cuenta de
que se me parecía un poco, además, tenía mi edad. Bueno, era unos meses mayor,
pero eso era porque yo los cumplo en año nuevo... Me alegraba mucho de tener
una nueva amiga, y tan pronto.
Lucía me dijo que tenía raíces canadienses, y que eso la
relacionaba con uno de sus ídolos, Justin Bieber, decía que estaban hechos el
uno para el otro... Pero ella era española, de Andalucía. Le dije que yo cuando
vivía en España, solía veranear allí, en Cádiz.
Pasé el resto del viaje sonriendo, contándole cosas y
riendo... Lo de ir a Londres empezaba de maravilla.
Cuando vi la silueta de las islas Británicas por la ventanilla, me sentí mejor que nunca antes. Era cierto, empezaba algo nuevo, como había dicho la anciana de la tienda. Apreté el amuleto de la paloma con mi mano.
Cuando vi la silueta de las islas Británicas por la ventanilla, me sentí mejor que nunca antes. Era cierto, empezaba algo nuevo, como había dicho la anciana de la tienda. Apreté el amuleto de la paloma con mi mano.



No hay comentarios:
Publicar un comentario